viernes, 15 de marzo de 2013

Asfixia, OS

Observé horrorizado mi silueta al otro lado del cristal. Mientras la estrangulaba pensaba, “debería cortarle la garganta”. Así que quise hacerlo, pero estaba el cristal. No podía llegar.

Sostenía su delgado cuello entre mis manos y apretaba fuerte. Podía oír sus gemidos ahogados, sus manos arañaban las mías en un inútil esfuerzo por librarse de ellas. Lloraba y suplicaba, confusa.

¡Déjala!, grité desde el otro lado. Pero no me detuve. Seguí asfixiándola. Quería hacerlo.

¡Allen, joder, para!, volví a gritar. Pero no paré.

De pronto ya no había cristal, no me acordaba de él. Caminé hacia mí mismo, le cogí de la frente y le eché la cabeza hacia atrás, deslizando el filo del cuchillo por su escuálido pescuezo.

Aflojé mis manos, ya no tenía fuerzas. Sangraba, sangraba muchísimo. Dolía, pero qué más daba.

Joder, ¿por qué ibas a querer matarla?, le dije al capullo sangrante. Estás poniendo el suelo perdido, capullo, añadí.

Hostia puta, Allen. Eres imbécil, ¿o qué te pasa?, me dijo.

La estabas matando. Eres un subnormal sin escrúpulos. No la quieres muerta.

No la quieres, espetó escupiendo un revoltijo de sangre y babas.

La amo. ¿por qué matarla? Es absurdo.

Pobre Allen. Pobrecito Allen, pobre pequeño chico psicótico, incapaz de ver más allá de sus cojones.

Déjame.

Eso es, déjame morir tranquilo. Desliza un sueño por tu garganta hasta sangrar y hacerte pedazos, y muere, cabrón. Es lo que te mereces.

¡Basta! Muérete de una vez, no tienes tanta sangre en esos apenas cuarenta kilos de peso.

¿Es que no puedes fingirlo otra vez?

Allen..., susurró una suave voz muy conocida. Pero no aquí.

¿Eh?, me giré hacia ella.

Allen, estás sangrando, dijo mientras caminaba hacia mí. En efecto, mi cuello no dejaba de sangrar. Empecé a escupir y toser sangre, a asfixiarme. No podía respirar, no podía verla. La miraba, pero no la veía. La oía, pero no la reconocía, y sabía quién era.
Me llevé las manos a la cabeza y comencé a gritar y a llorar. Quería escapar, quería salir de ahí. Muérete de una vez, grité.



Abrí los ojos despacio. No podía ver mucho, había una luz demasiado fuerte. Pero ella se puso delante, y por fin pude verla.
Shilo estaba ahí, rodeada de pañuelos manchados con sangre y muy preocupada. Me rodeó con sus brazos, pero no llegó a abrazarme. Se me quedó mirando durante unos instantes, secando las lágrimas de mis ojos con papel higiénico tintado en rojo. Yo era incapaz de articular palabra. Aún seguía sollozando y tratando de tragar saliva.

Allen, ¿estás ahí?, preguntó. Ni yo lo sabía, si estaba ahí.

No lo sé, le contesté en piloto automático. Por alguna razón había un punto específico en la pared que no podía dejar de mirar. No podía entornar mis ojos. Shilo seguía sacando sangre de algún sitio y no era capaz de moverme para averiguarlo.

Cuánta sangre, ¿de dónde...?, comencé, pero no terminé la frase. Me temblaba la voz. Hacía frío de repente.

Te has cortado. ¿No lo ves?, dijo mostrándome una de mis manos repleta de cristalitos y cortes. Entonces me olvidé del punto en la pared y levanté mi mirada hacia el espejo que estaba encima del lavabo, o mejor, lo que quedaba de él.

E-estás viva y... no te he estrangulado. Mi cuello está bien..., susurré en alto sin darme cuenta.

Claro, ¿por qué ibas a estrangularme?, preguntó como si nada.

Me dedicó una dulce sonrisa y una cálida mirada para después seguir limpiando la sangre de mis manos.

¿Por qué iba a estrangularte, Shilo? No es como si quisiera hacerlo, como si nunca hubiera querido hacerlo, como si no lo estuviese deseando en ese instante.

Contuve mis manos, mis ganas. Seguí mirando el espejo roto mientras trataba de alejar mis manos de su cuello, de borrar el recuerdo de sus gemidos ahogados, sus lloros, sus súplicas. Oh, cómo lo deseaba. Matarla.
Pero no debía hacerlo, ¿por qué iba a hacerlo? Allen, ¿por qué ibas a hacerlo? Deja de pensar en ella y céntrate en tu raquítica figura casi desnuda que descansa sobre las baldosas ensangrentadas del baño. Puto sádico gilipollas, dije en voz alta sin darme cuenta. Shilo se detuvo en seco y me miró, sonriendo falsamente, asustada.

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One shot de mi OC Allen y su... "amiga", Shilo. 

domingo, 30 de diciembre de 2012

Transición


Cuando abrí de nuevo los ojos no me lo podía creer, sin embargo era real. Alzaba mi mano para que me protegiese de la luz lunar y podía salvarme. Apenas había sentido dolor cuando aquéllo había sucedido, sin embargo dentro de mi cuerpo tenía un extraño sentimiento. ¿Qué hacía allí? ¿Por qué seguía estando en la Tierra?
Sentía el roce del viento por mis brazos y al fin me decidí a levantarme de la acera. Podía, tenía fuerza para poder levantarme, pero me encontré con la terrible realidad. Me encontré con lo que había pasado. Ahogué un grito cuando encontré mi cuerpo salpicado de sangre, con mis ojos azules abiertos, casi descolocados pidiendo ayuda a los ciudadanos.
Al parecer no habían llegado a tiempo.
Solamente porque él no había frenado, porque él iba bebido. Yo había pagado su error.
No quise continuar en aquel lugar, por lo que continué andando, alejándome del barullo de gente y del ruido de las ambulancias. No iban a recuperarme después de todo, mi alma se había separado de mi cuerpo.
No supe cómo ni por qué, pero acabé en la puerta de un supermercado. No sentía hambre, sin embargo mis pies me llevaron hasta aquel lugar. Me di cuenta de que la gente no notaba mi presencia, e incluso me traspasaban. Evité llorar o ponerme triste, tarde o temprano vendría la depresión.
Alguien paró al lado mío, giró su cabeza y me miró fijamente. Él también era un muerto como yo, a parte de notar mi presencia, emitía un centelleo extraño y no era totalmente opaco. Su mirada era triste, enfadada, tampoco comprendía por qué había acabado allí.
Una joven de cabellos castaños largos pasó corriendo al lado mía, chocando conmigo y entrando al supermercado. A través de las puertas transparentes nos señaló a ambos y continuó corriendo. Comprendí perfectamente su mensaje.
De repente me vi rodeada de estanterías de comida: galletas, papas, verduras, pescado... Parecía el paraíso a pesar de que yo no podría comer todo éso.
Suspiré tristemente, por desgracia nadie me oyó salvo los que eran como yo.
Todas las almas perdidas comenzaron a correr a más velocidad, gritaban como si la situación fuese divertida. Yo, en cambio, no los entendía.
-¿Por qué no te diviertes? ¡Esto es muy divertido! -me soltó la joven de cabellos castaños.
Yo, simplemente, preferí no responder.

¿Qué había sido de mi cuerpo? ¿De mis padres? ¿De mis amigos? ¿Qué había sido de ellos?
A pesar de que hubieran pasado ya una semana desde mi muerte, me encontraba sentada en un rincón de aquella habitación oscura. Una señora mayor, de aspecto enclenque y pobre nos había conducido hasta aquel apartamento lejano de la ciudad. No nos había dado respuestas, no nos había dirigido la palabra en toda la semana, lo único que hacía era traer más y más almas a aquella habitación.
Unos hacían buenas migas con los demás, otros, como yo, se mantenían al margen de todo.
Cuando los rayos del sol se fueron colando por la ventana, noté una energía extraña que recorría mi espíritu. Nadie lo había notado aparte de yo, por lo que me dirigí hacia la ventana y pasé la mano por delante del cristal.
No era translúcida, era totalmente opaca. ¿Qué era lo que había ocurrido?
Miré confusa a aquellas personas que eran igual que yo, hicieron amago de tragar saliva aunque no tuvieran. Era completamente extraño. Cerré los ojos y dejé que el calor del sol rozara todo mi cuerpo.

-Parece ser que han comenzado ya los efectos de la transición -dijo finalmente la anciana.
-¿Cómo has dicho? -soltó uno de un grupo de almas.
-Lo que le ha ocurrido a esa chica os ocurrirá también a vosotros -estaba claro que se refería a mí-. Mi nombre es Clarice y soy la encargada de conducir a las almas de esta ciudad a este sitio donde tendrán que hacer la Decisión.
-¿La Decisión?
-Sí, deberéis escoger entre vivir una semi-vida o continuar hacia delante, sin conocer el camino ni el final.
Todos se quedaron callados. Clarice anduvo lentamente hasta que paró delante mía, me examinaba con aquella mirada marrón miel. Mis manos temblaban y comenzaban a sudar. Estaba sintiendo lo que iba a ser una semivida.
Entonces, Clarice se giró y se dirigió hacia los demás presentes.
-Una semi-vida... Muchas almas lo han elegido y otras no. Viviríais como mortales o humanos -como prefiráis decirlo- mientras la luz del sol se mantenga sobre el cielo. No podréis contactar con los que están vivos de verdad, simplemente sentiréis las simples necesidades de los mortales. Por la noche, recuperaréis vuestra apariencia espectral, sin embargo podréis seguir haciendo otras muchas actividades...
Mientras continuaba hablando la anciana, por mi cabeza pasaban muchas ideas, muchas decisiones. Parecía como si de alguna manera, Clarice nos intentara convencer para que nos quedáramos aquí.
-No estaréis solos por supuesto, como ya os he dicho antes, hay otros que decidieron quedarse aquí. Podéis salir fuera y comprobarlo por vosotros mismos -muchos sonrieron y otros se quedaron igual que estaban-. Eso sí, esta transición no durará todo el tiempo que queráis. Tenéis tres días a partir de ahora para decidir continuar o no. Cuando el sol del cuarto día salga y no os habéis decidido, os convertiréis en fantasmas errantes, para siempre.
La chica de cabellos castaños ahogó un grito. Parecía una película de miedo de verdad.
Lo más terrible era que no sabía qué decisión tomar todavía y sólo tenía tres días...

Cuando todos notaron como sus cuerpos se volvían opacos, decidimos salir a la ciudad y comprobar con nuestros -recién recuperados- ojos lo que había dicho Clarice.
Era impresionante como las almas se podían comportar sabiendo que los vivos no los podían sentir. Hacían barbaridades y se reían a su costa. En aquellos momentos pensé que hacían todo aquéllo simplemente porque sentían envidia de ellos, por seguir vivos.
Recordé que hacía poco había visto en la tele una serie sobre una médium, una persona que podía contactar con los muertos. Ahora que yo pertenecía a ese mundo, me preguntaba si realmente existían esas personas.
Estuve paseando con la joven de cabellos castaños cuyo nombre era Anne. En su otra vida era una universitaria que estudiaba Bellas Artes, realmente le gustaba su vida.
El día se marchó y con él, la sensación de estar viva. Suspiré tristemente. Me encontraba con Anne en un prado, ambas sentadas sobre la hierba y observando como otras almas habían robado unas motos y comenzaban a conducirlas como auténticos críos.
-¿Por qué no nos quedamos aquí? Seríamos realmente felices -soltó ella repentinamente.
Por unos instantes había hecho como que no le había oído, pero posó su mirada en mí y me obligó a responder.
-Yo lo que quiero es ascender, me da igual todo ésto.
Había tomado la decisión durante el día, viendo como se vivía estando semi-vivo y no me gustaba. Prefería caminar por un camino inseguro a llevar esa semi-vida por el resto de la eternidad.
-Oh vaya... No creía que fueras a decir éso, Nazaret...
-¿Por?
-Tu mirada es fuerte y segura, y además se nota que amas este mundo y que no quieres alejarte de él -se mantuvo callada por un rato, esperando, tal vez, a que yo dijera algo-. Todos van a quedarse aquí, les gusta ésto.
“A mí no” pensé.

Era la noche del tercer día. La mayoría de almas ya habían hecho su elección y se encontraban de pie apoyados en la pared esperando a que apareciera Clarice. Anne había tenido toda la razón del mundo, todas las almas mostraban su aceptación hacia la semi-vida, todos menos yo.
“¿Ocurrirá lo mismo en las demás ciudades?” Aquel pensamiento se encontraba presente en todos los momentos, me daba miedo pensar que la mayoría de almas decidieran quedarse aquí. ¡El mundo se colapsaría de almas! Al menos eso pensaba yo.
-No todos tienen la oportunidad de elegir. Mientras que unos son enviados directamente al Cielo y otros son enviados a los Mundos del Más Allá, vosotros tenéis la oportunidad de elegir. No os puedo dar la razón por la que habéis sido escogidos, pero así es y debéis aprovecharos de éso.
“Así pues, ¿quién va a seguir continuando por el inseguro camino que tal vez no tenga fin?”
Nadie se movió, excepto yo.
Clarice me miró con cara apenada y muy, muy triste. Lo había sabido desde el primer momento, desde que me volví opaca. Supo que yo seguiría adelante, porque me dolía seguir estando aquí.
Lo último que vi de aquel mundo fueron los ojos marrones miel de Clarice y la mirada triste de Anne. Ella no tenía el suficiente valor para seguir adelante, pero yo, para mi desgracia tal vez, sí.

-Olvida tu nombre, olvídalo todo.
Podía escuchar el sonido de un tren, se movía rápidamente.
-No vas a seguir en el camino, vas a tener que detenerte. Tu nuevo nombre será Nora y deberás guiar a las ánimas perdidas, a los atrapados en los Mundos del Más Allá, hacia el Cielo. Tú nunca podrás cruzar esta puerta, nunca.
La voz grave y firme se fue alejando, dejándome sola y desamparada en el vagón del tren. Sentía ganas de llorar y de gritar. Tal vez era el castigo que me merecía, por no haberme quedado, tal vez Clarice también sabía aquéllo...
Caí de rodillas y miré con rabia la puerta que nunca iba a cruzar, la cual se convirtió en mi último obstáculo.
Y sin quererlo ni desearlo, sentí como mis últimas emociones y recuerdos de mi antigua vida se desvanecían, convirtiéndome en un espíritu vacío...

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Un spin-off de una historia de varios capítulos que empecé en mi anterior blog. ¿Por qué he decidido colgarla? pues bien, porque la escribí en este mismo día, hace un año exactamente entonces. Me parece que es una buena historia para mostraros mis pensamientos, los temas que suelo tratar (aunque no tenga demasiada fantasía épica). Espero que os haya gustado, que os haya hecho reflexionar... ¡Nos vemos en la próxima entrada!

domingo, 23 de diciembre de 2012

¡Presentación!

¿Qué? ¿Cómo has llegado aquí? A nosotras no nos mires, tú sabrás... Pero ya que estás aquí, ¿por qué no te quedas y te pones a leer un rato nuestro blog?

Bien, este pequeño proyecto (que poco a poco irá creciendo, modificándose, ahora digamos que está como en una versión "beta") ha nacido a partir de las idas locas de dos muchachas alicantinas a las que les gusta escribir. Cada una de ellas antes iba por separado, con su propio blog, pero viendo que las dos los habían abandonado (despiadadamente) decidieron crear uno en conjunto, ¡explosión! Nosotras dos tenemos estilos bastante bien diferenciables, pero creo que todos podréis disfrutar de nuestras historias por igual. Pero... ¡atención! Antes que nada tendrás que conocernos para comenzar, ¿no? Hemos preparado unas mini-fichas sobre nosotras mismas para que sepáis que es lo que os espera...
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Nombre/Apodo: Kanda
Edad: 20
Localización: Johto, Skyrim o Termina (a veces hasta Hyrule)
Libro favorito: La mecánica del corazón
Película favorita: Edward Scissorhands, Zoroark el maestro de las ilusiones
Género favorito: Sci-fi
Gustos en general: robots, pokémon, azul, Jarvis Cocker, chocolate, jugar.
Saludo especial: No sé xD ninguno en especial



Nombre/Apodo: Nurichigo
Edad: 18 años
Localización: En mi mundo yupi normalmente, aunque otras veces en el mundo de la física.
Libro favorito: Los Elegidos de Marianne Curley
Película favorita: Origen
Género favorito: Fantasía
Gustos en general: el verde, el chocolate, ¡la lasaña!, la pizza, leer, escuchar música, rock...
Saludo especial: ¡Buenas gentola!

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Muy bien tras las presentaciones... ¿Cómo va a funcionar el blog? Básicamente tanto Kanda como yo iremos colgando historias cortas salidas de nuestras perversas mentes cada X tiempo. Según como veamos el público al que llega, quizás nos animemos a colgar historias de varios capítulos o incluso a comenzar una historia (un crossover probablemente) entre ambas. Así que.. a leer!!


PD Iremos mejorando el blog con tranquilidad, aún así si tenéis sugerencias, para eso están los comentarios *_*

domingo, 9 de diciembre de 2012

Luciérnagas

¡Buenas!

En fin, blog nuevo, con Nurichigo y tal... no sé muy bien qué poner aquí así que os dejo con un one-shot bastante cortito y un poco viejo también. ¡Espero que os guste!

...

Golpeó el extremo de su guadaña contra el suelo, levantando algo de polvo. Su corto cabello ondeaba con el viento. Ese día hacía mucho frío y viento, pero no le importaba porque no lo notaba. Hacía mucho tiempo que había adoptado la capacidad de no sentir.
Se arrodilló frente al riachuelo levantando un poco su toga para no mojarla y observó con detenimiento los pececitos que se arremolinaban alrededor de un amasijo de hierba y carne muerta. Las ranitas croaban débilmente y el siseo de las serpientes encendía algo en su interior, la reconfortaba y, en cierto modo, la animaba.
Soltó su guadaña que, curiosamente, en lugar de caerse, se mantuvo erguida sin apoyar nada más que su extremo en la hierba húmeda. Seguidamente cogió un pececito sin mucho esfuerzo con un rapidísimo movimiento y lo agitó sobre el agua. En cuestión de segundos, pequeñas pirañas comenzaron a rodear al pececito y a intentar alcanzarlo, saltaban frenéticamente mientras ella lo subía y bajaba, hasta que al final una lo picó. Se quedó enganchada al pececito y se impulsó de alguna forma para comérselo hasta la cola y antes de que le mordiera el dedo, cogió a la piraña de la cola y sin miramientos la arrojó por encima de su hombro.
Sin embargo la piraña no cayó en el césped, fue atrapada por unos ágiles deditos que la introdujeron en una enorme y desagradable boca que la devoró sin pensárselo dos veces.

Ella se levantó y se giró hacia el pequeño hombrecito verde que se hallaba a su espalda, portando un carrito y un libro forrado en piel negra. El hombrecito era realmente diminuto, apenas le llegaba a las rodillas y ella era ya bajita. Tenía una enorme nariz curvada, unas orejas puntiagudas y pequeñas y una cresta rubia. Llevaba un par de trapos harapientos para cubrirse la entrepierna, enganchados con un cinturón del que colgaba un trozo de hierro en forma de hoja muy mellada, aunque parecía afilada. Ella le tendió un par de zapatitos de trapo y cuero que le había lavado en el río. El hombrecito se los puso muy agradecido.

...

Corría y corría con todas sus fuerzas, corrió hasta que se le acabó el aliento y después siguió corriendo.
Su perseguidor portaba un arma y él tenía pánico. Se distrajo demasiado y tropezó con una roca precipitándose de inmediato contra la hierba fría y el musgo. Su enemigo por fin le encontró.
Se dio la vuelta y le indicó que se detuviera con las manos. Le apuntaba con la pistola y estaba muy, muy furioso.
-¡Eres un hijo de puta!
-¡Para, para, por favor! ¡no me merezco esto, por favor!
-¡¿Que no te lo mereces?! ¡¡Tiene ocho años puto pederasta de mierda!!
-¡Por favor!
Un estridente ruido seco puso fin a las súplicas del violador. El hombre que sostenía la pistola se echó hacia atrás tambaleándose, exhausto y confuso. No se podía creer lo que acababa de hacer y ahora mismo no podía decidir si había hecho bien o mal. Sacó su móvil y llamó a la policía.

...

Los observaba mientras el que estaba tirado suplicaba y sollozaba y el otro le apuntaba. Los miraba como si ya los conociera, como si estuviera esperando algo. Finalmente dio otro golpe en el suelo con su guadaña.
El hombre disparó, el otro murió en el acto.
Se agachó frente al muerto, sacó un rotulador rojo y dibujó un extraño símbolo en su frente. Los servicios de emergencia y la policía no tardaron en llegar.
Sentada en un banco en la colina miraba a los agentes y al hombrecillo de la pistola como si estuviera viendo una serie de televisión. Extendió sus brazos sobre el banco y se estiró un poco. A su lado el hombrecito verde apuntaba cosas en el libro forrado con piel negra.
-Dime, ¿quién crees que es el malo? -dijo a su compañero mientras seguía con la mirada fija en la escena.
-Pues... ¿los dos?
-Hmmm... ¿es delito matar a un hombre para defender a tu hija y a muchas personas más?
-Es delito matar a un hombre.
-Tienes razón.

La ambulancia y el coche de policía todavía tenían encendidas las sirenas, aunque no sonaban. Ya no se podía oír el chapoteo de las pirañas ni el croar de las ranas, las serpientes seguramente habrían huído.
Una pequeña lucecita se encendió ante la sorprendida mirada del hombrecito verde, que la señaló. Ella la miró también, pero no sorprendida si no alegre.
-Luciérnagas. -dijo.
Cientos de luciérnagas se encendieron entonces mientras ascendían hacia el cielo nocturno, arremolinadas en lo que parecía ser un hermoso baile.
-Velas danzarinas sobre un cielo vacío. -dijo ella.
-Es realmente precioso.
-Sí, sí, lástima que tengamos que irnos. ¿Has anotado eso? recoge tus cosas, venga.

La Muerte y su ayudante se levantaron del banco, no sin dejar de maravillarse por aquella preciosa escena que incluso en un crudo momento como aquél lograba levantarles el ánimo.
Hacía mucho tiempo que había adquirido la capacidad de no sentir, pero no era algo que realmente le interesase poner en práctica.

...