En fin, blog nuevo, con Nurichigo y tal... no sé muy bien qué poner aquí así que os dejo con un one-shot bastante cortito y un poco viejo también. ¡Espero que os guste!
...
Golpeó el extremo
de su guadaña contra el suelo, levantando algo de polvo. Su corto
cabello ondeaba con el viento. Ese día hacía mucho frío y viento,
pero no le importaba porque no lo notaba. Hacía mucho tiempo que
había adoptado la capacidad de no sentir.
Se arrodilló frente al riachuelo levantando un poco su toga para no mojarla y observó con detenimiento los pececitos que se arremolinaban alrededor de un amasijo de hierba y carne muerta. Las ranitas croaban débilmente y el siseo de las serpientes encendía algo en su interior, la reconfortaba y, en cierto modo, la animaba.
Soltó su guadaña que, curiosamente, en lugar de caerse, se mantuvo erguida sin apoyar nada más que su extremo en la hierba húmeda. Seguidamente cogió un pececito sin mucho esfuerzo con un rapidísimo movimiento y lo agitó sobre el agua. En cuestión de segundos, pequeñas pirañas comenzaron a rodear al pececito y a intentar alcanzarlo, saltaban frenéticamente mientras ella lo subía y bajaba, hasta que al final una lo picó. Se quedó enganchada al pececito y se impulsó de alguna forma para comérselo hasta la cola y antes de que le mordiera el dedo, cogió a la piraña de la cola y sin miramientos la arrojó por encima de su hombro.
Sin embargo la piraña no cayó en el césped, fue atrapada por unos ágiles deditos que la introdujeron en una enorme y desagradable boca que la devoró sin pensárselo dos veces.
Ella se levantó y se giró hacia el pequeño hombrecito verde que se hallaba a su espalda, portando un carrito y un libro forrado en piel negra. El hombrecito era realmente diminuto, apenas le llegaba a las rodillas y ella era ya bajita. Tenía una enorme nariz curvada, unas orejas puntiagudas y pequeñas y una cresta rubia. Llevaba un par de trapos harapientos para cubrirse la entrepierna, enganchados con un cinturón del que colgaba un trozo de hierro en forma de hoja muy mellada, aunque parecía afilada. Ella le tendió un par de zapatitos de trapo y cuero que le había lavado en el río. El hombrecito se los puso muy agradecido.
...
Corría y corría con todas sus fuerzas, corrió hasta que se le acabó el aliento y después siguió corriendo.
Su perseguidor portaba un arma y él tenía pánico. Se distrajo demasiado y tropezó con una roca precipitándose de inmediato contra la hierba fría y el musgo. Su enemigo por fin le encontró.
Se dio la vuelta y le indicó que se detuviera con las manos. Le apuntaba con la pistola y estaba muy, muy furioso.
-¡Eres un hijo de puta!
-¡Para, para, por favor! ¡no me merezco esto, por favor!
-¡¿Que no te lo mereces?! ¡¡Tiene ocho años puto pederasta de mierda!!
-¡Por favor!
Un estridente ruido seco puso fin a las súplicas del violador. El hombre que sostenía la pistola se echó hacia atrás tambaleándose, exhausto y confuso. No se podía creer lo que acababa de hacer y ahora mismo no podía decidir si había hecho bien o mal. Sacó su móvil y llamó a la policía.
...
Los observaba mientras el que estaba tirado suplicaba y sollozaba y el otro le apuntaba. Los miraba como si ya los conociera, como si estuviera esperando algo. Finalmente dio otro golpe en el suelo con su guadaña.
El hombre disparó, el otro murió en el acto.
Se agachó frente al muerto, sacó un rotulador rojo y dibujó un extraño símbolo en su frente. Los servicios de emergencia y la policía no tardaron en llegar.
Sentada en un banco en la colina miraba a los agentes y al hombrecillo de la pistola como si estuviera viendo una serie de televisión. Extendió sus brazos sobre el banco y se estiró un poco. A su lado el hombrecito verde apuntaba cosas en el libro forrado con piel negra.
-Dime, ¿quién crees que es el malo? -dijo a su compañero mientras seguía con la mirada fija en la escena.
-Pues... ¿los dos?
-Hmmm... ¿es delito matar a un hombre para defender a tu hija y a muchas personas más?
-Es delito matar a un hombre.
-Tienes razón.
La ambulancia y el coche de policía todavía tenían encendidas las sirenas, aunque no sonaban. Ya no se podía oír el chapoteo de las pirañas ni el croar de las ranas, las serpientes seguramente habrían huído.
Una pequeña lucecita se encendió ante la sorprendida mirada del hombrecito verde, que la señaló. Ella la miró también, pero no sorprendida si no alegre.
-Luciérnagas. -dijo.
Cientos de luciérnagas se encendieron entonces mientras ascendían hacia el cielo nocturno, arremolinadas en lo que parecía ser un hermoso baile.
-Velas danzarinas sobre un cielo vacío. -dijo ella.
-Es realmente precioso.
-Sí, sí, lástima que tengamos que irnos. ¿Has anotado eso? recoge tus cosas, venga.
La Muerte y su ayudante se levantaron del banco, no sin dejar de maravillarse por aquella preciosa escena que incluso en un crudo momento como aquél lograba levantarles el ánimo.
Hacía mucho tiempo que había adquirido la capacidad de no sentir, pero no era algo que realmente le interesase poner en práctica.
Se arrodilló frente al riachuelo levantando un poco su toga para no mojarla y observó con detenimiento los pececitos que se arremolinaban alrededor de un amasijo de hierba y carne muerta. Las ranitas croaban débilmente y el siseo de las serpientes encendía algo en su interior, la reconfortaba y, en cierto modo, la animaba.
Soltó su guadaña que, curiosamente, en lugar de caerse, se mantuvo erguida sin apoyar nada más que su extremo en la hierba húmeda. Seguidamente cogió un pececito sin mucho esfuerzo con un rapidísimo movimiento y lo agitó sobre el agua. En cuestión de segundos, pequeñas pirañas comenzaron a rodear al pececito y a intentar alcanzarlo, saltaban frenéticamente mientras ella lo subía y bajaba, hasta que al final una lo picó. Se quedó enganchada al pececito y se impulsó de alguna forma para comérselo hasta la cola y antes de que le mordiera el dedo, cogió a la piraña de la cola y sin miramientos la arrojó por encima de su hombro.
Sin embargo la piraña no cayó en el césped, fue atrapada por unos ágiles deditos que la introdujeron en una enorme y desagradable boca que la devoró sin pensárselo dos veces.
Ella se levantó y se giró hacia el pequeño hombrecito verde que se hallaba a su espalda, portando un carrito y un libro forrado en piel negra. El hombrecito era realmente diminuto, apenas le llegaba a las rodillas y ella era ya bajita. Tenía una enorme nariz curvada, unas orejas puntiagudas y pequeñas y una cresta rubia. Llevaba un par de trapos harapientos para cubrirse la entrepierna, enganchados con un cinturón del que colgaba un trozo de hierro en forma de hoja muy mellada, aunque parecía afilada. Ella le tendió un par de zapatitos de trapo y cuero que le había lavado en el río. El hombrecito se los puso muy agradecido.
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Corría y corría con todas sus fuerzas, corrió hasta que se le acabó el aliento y después siguió corriendo.
Su perseguidor portaba un arma y él tenía pánico. Se distrajo demasiado y tropezó con una roca precipitándose de inmediato contra la hierba fría y el musgo. Su enemigo por fin le encontró.
Se dio la vuelta y le indicó que se detuviera con las manos. Le apuntaba con la pistola y estaba muy, muy furioso.
-¡Eres un hijo de puta!
-¡Para, para, por favor! ¡no me merezco esto, por favor!
-¡¿Que no te lo mereces?! ¡¡Tiene ocho años puto pederasta de mierda!!
-¡Por favor!
Un estridente ruido seco puso fin a las súplicas del violador. El hombre que sostenía la pistola se echó hacia atrás tambaleándose, exhausto y confuso. No se podía creer lo que acababa de hacer y ahora mismo no podía decidir si había hecho bien o mal. Sacó su móvil y llamó a la policía.
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Los observaba mientras el que estaba tirado suplicaba y sollozaba y el otro le apuntaba. Los miraba como si ya los conociera, como si estuviera esperando algo. Finalmente dio otro golpe en el suelo con su guadaña.
El hombre disparó, el otro murió en el acto.
Se agachó frente al muerto, sacó un rotulador rojo y dibujó un extraño símbolo en su frente. Los servicios de emergencia y la policía no tardaron en llegar.
Sentada en un banco en la colina miraba a los agentes y al hombrecillo de la pistola como si estuviera viendo una serie de televisión. Extendió sus brazos sobre el banco y se estiró un poco. A su lado el hombrecito verde apuntaba cosas en el libro forrado con piel negra.
-Dime, ¿quién crees que es el malo? -dijo a su compañero mientras seguía con la mirada fija en la escena.
-Pues... ¿los dos?
-Hmmm... ¿es delito matar a un hombre para defender a tu hija y a muchas personas más?
-Es delito matar a un hombre.
-Tienes razón.
La ambulancia y el coche de policía todavía tenían encendidas las sirenas, aunque no sonaban. Ya no se podía oír el chapoteo de las pirañas ni el croar de las ranas, las serpientes seguramente habrían huído.
Una pequeña lucecita se encendió ante la sorprendida mirada del hombrecito verde, que la señaló. Ella la miró también, pero no sorprendida si no alegre.
-Luciérnagas. -dijo.
Cientos de luciérnagas se encendieron entonces mientras ascendían hacia el cielo nocturno, arremolinadas en lo que parecía ser un hermoso baile.
-Velas danzarinas sobre un cielo vacío. -dijo ella.
-Es realmente precioso.
-Sí, sí, lástima que tengamos que irnos. ¿Has anotado eso? recoge tus cosas, venga.
La Muerte y su ayudante se levantaron del banco, no sin dejar de maravillarse por aquella preciosa escena que incluso en un crudo momento como aquél lograba levantarles el ánimo.
Hacía mucho tiempo que había adquirido la capacidad de no sentir, pero no era algo que realmente le interesase poner en práctica.
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